Rolling Stones en Argentina: los mejores momentos

Ver a los Rolling Stones en vivo es lo más parecido a estar frente a un truco de magia. La pregunta de cómo puede un ser humano de más de 70 años moverse como se mueve Mick Jagger golpea mentes. No sólo es posible sino que el vocalista de los Stones conserva el mismo swing que en sus primeros años. Quizá ese sea uno de los condimentos a resaltar de lo que pasó anoche en el Estadio Único de La Plata. La eternidad de esos pasos, es como si Jagger hubiese quedado congelado en el tiempo y por alguna razón esa esencia se impusiera sobre el escenario. Paralelamente y acompañando la fiesta, Keith Richards y Ron Wood terminan de conformar la acuarela y ya no es una cuestión de especulación: los Rolling están tan vivos como hace cincuenta años. Más atrás, el tipo serio que no usa colores llamativos: Charlie Watts.

En un show donde los clásicos se sucedieron uno detrás del otro y donde la energía fue bien dirigida por el frontman para llegar bien arriba al tramo final, hubo algunos momentos a destacar. Sus majestades satánicas no arrancaron, como lo hicieron en los otros dos shows del América Latina Olé Tour, con “Start Me Up” sino que lo hicieron con “Jumpin’ Jack Flash”. Y, como si fuera una obviedad, los 55 mil presentes se fueron dejando hipnotizar hasta esa versión premium de “( I Can’t Get No) Satisfaction”.

El tema pedido por el público: “Angie”

Qué canción podía elegir el fan argentino más que “Angie”, ese himno romántico que a muchos los retrotrae al primer beso y a otros a una publicidad de fines de los 90. Con un español con dejos de su inconfundible inglés, Jagger anunciaba que se venía el tema elegido por el público, costumbre que repiten en cada show. En Chile, la canción más votada había sido “She’s a Rainbow”, compuesta en 1967 y tocada por última vez en 1998; y en el primer La Plata, “Street Fighting Man”, del disco Beggars Banquet, editado en 1968. Claro que para que triunfara la balada quedaron otras tres opciones afuera (“Ruby Tuesday”, “Shine a Light” y “Beast of Burden”). “Paint It Black” fue la pieza ideal para volver a rockear después del momento #minitah de la velada. “10 años es mucho tiempo”, había dicho Mick.

La ovación a Keith Richards

En esta visita quedó demostrado que el guitarrista de los Stones es una celebridad con peso propio en la Argentina. Algunos dicen que esta hermandad fue producto de la visita de Keith al país en 1992, antes de que llegara junto a la banda. Otros tienen la teoría de que su costado reviente es lo que lo hace más atractivo. Lo cierto es que en el momento en que Jagger presentó a la agrupación, hubo una ovación al pirata del Caribe que duró varios minutos. Fue ahí cuando el frontman le dio espacio a su compañero y que Keith se reencontró con sus fans. Antes, en su simpático castellano, Jagger había llamado a Watts “El Alfredo Di Stefano” y a Ron Wood “el loco Gatti”.

Un trío perfecto para la antesala final: “Start me up”, “Symphaty for the Devil” y “Brown Sugar”

Para entender de qué va el recital hay que dejarse guiar por sus cuatro virtuosos músicos. Entre solos de guitarra, firuletes con la voz y la armónica y tempo dirigido por Watts desde la batería, los Stones -por momentos- convirtieron el estadio en una fiesta rockera, donde el campo se convertía en una masa homogénea que tarareaba y saltaba a la vez perdiendo la identidad y dejándose llevar por sus majestades. Algo similar sucedía en las plateas.

Desde el escenario, Mick agitaba con un trapo blanco a su público mientras tiraba pasos de esos que lo hicieron inmortal. Ya iba promediando el final del show y no había manera de sentirse defraudado. Los colores habían sido parte del espectáculo, Mick, por ejemplo, había cambiado tres veces de saco -el primero que lució el vocalista merece un párrafo aparte: era turquesa con flores rosa-. Keith Richards había tenido su apartado para entonar “Slipping Away” y “Before They Make Me Run” pero todavía faltaba “Start me Up” para darle paso a uno de los momentos más completos del show.

Las pantallas se volvieron rojo sangre y se escucharon los acordes de “Sympathy for the Devil”. Fue ahí cuando apareció Mick con una capa roja y peluda que parecía tener movimiento propio. “Please allow me to introduce myself. I’m a man of wealth and taste…”, con esas estrofas seguidas por “Brown Sugar”, el estadio se convirtió en rolinga. Y pronto llegarían los bises de una noche difícil de olvidar.

Fuente: La Nación

Comentarios